En la antigua provincia de Coro, hoy estado Falcón, existía un poderoso cacique que hasta el presente recuerdan los nativos con el nombre de “Rey Manaure”. Según los historiadores, este caudillo de los caquetíos era muy leal, generoso y esplendido para sus vasallos.
Fue un gran amigo y aliado de Juan de Ampíes y sus españoles, mas esta alianza duró poco. La provincia de Coro pasó a ser gobernada por los wélzares, compañía alemana que se distinguió por los abusos que cometía con los indígenas, y el “Rey Manaure” tuvo que huir llevándose consigo todos sus tesoros.
En una lujosa tarima y llevando en hombros por los señores de la tribu, el jefe de aquellos pueblos aborígenes atravesó llanuras, ríos, cerros y extensos cardonales, pero en su fuga, temiendo ser alcanzado por los alemanes, arrojó todas sus riquezas en las aguas termales de La Cuiba, aguas de variados colores y que tienen la propiedad de saltar a una gran altura a la menor vibración del aire.
Una viejecita de origen caquetío, que desde su infancia conservaba fe ciega con respecto a la generosidad del “Rey Manaure”, se encontraba en la mayor miseria y por eso acudió a la Cuiba, donde se dice que vaga el espíritu del gran cacique. Allí rogó al ánima del caudillo de sus antepasados que le otorgara una limosna por el amor de Dios.
Al llegar a Los Pozos del Saladillo, que es otro de los nombres de La Cuiba, golpeó por tres veces con un pequeño machete que llevaba en la mano, el peñasco que da origen a unas de las muchas de aquellas vertientes de las aguas termales, y dijo:
-Rey Manaure, dame mi limosnita…
Al pronunciar estas palabras, las aguas de aquellos manantiales saltaron a gran altura luciendo los más variados colores. Grande fue el susto de la mujer cuando vio que caía a sus pies, dispuesta al
ataque, una culebra de color amarillo intenso que le observaba con sus pupilas de fuego.
La anciana, asustada ante la amenaza del reptil, sin saber lo que hacía le descargó con el machete que tenía en la mano un golpe mortal. Cuando recobró la serenidad, observó que en vez de la peligrosa sierpe se hallaban en el suelo dos limpias barritas de oro.

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